El palomo Jacinto.

De cómo salvar una vida y sentir que has hecho las cosas bien.

Era una tarde de domingo, del finales de agosto de 2019. Aún quedaban grandes charcos en el suelo de la temible tormenta que azotó el pueblo de Valdemoro desde las horas tempranas.

Paseando entre el olor a humedad y el frescor que deja la lluvia en verano, me pareció ver un montón de plumas; mojadas, retorcidas y sucias, que envolvían un pequeño cuerpo con dos ojos temerosos y lastimeros, que me miraban sin apenas fuerzas para apartar su visión de la mía.

Aquí empieza la historia de Jacinto, bautizado así por mis hijos al llevar a casa a este pichón de paloma torcaz presa de las inclemencias del tiempo.

Empezamos sus cuidados hace ya 12 días, con muchos mimos y cuidados Jacinto sigue creciendo y preparándose para iniciar su vida en libertad.

Llegó a casa, famélico; sus huesos sobresalían de su cuerpo como si fueran cordilleras en una pradera. Mojado como el mocho de una fregona de portera. Y temeroso como el niño que espera a los Reyes Magos la noche en las navidades.

Fabricamos un hogar confortable para Jacinto, una caja de cartón con papel de celulosa suave en su interior. A mi hijo Javier se le ocurrió poner un palito para que Jacinto pudiera descansar cómodo por las noches, y así lo hicimos.

Los primeros días con nuestro amigo fueron agitados, le alimentamos con pienso para animales, que nuestro querido Oliver un precioso bichón maltes nos cedió con gusto de su despensa.

Jacinto fue embuchado por nuestras manos cómo si de sus consortes se tratara. Convirtiéndonos así en sus padres adoptivos durante el periodo su infancia.

Ya Jacinto nos considera parte de su familia, empezó a comer sólo, engordó y sus huesos se cubrieron y empieza a ejercitar sus alas… preparándose para el momento que deba emprender el vuelo para reunirse con sus congéneres.

En fin, esto no es más que lo que hacen miles de personas sensibles a nuestros animales, que desinteresadamente salvan muchos jacintos y gracias a su ayuda pueden vivir aventuras por nuestros campos y ciudades.

Este pequeño artículo va dedicado a los padres adoptivos de todos los Jacintos perdidos, solos y tristes.

Jacinto llega a casa.
Empezamos a conocernos.
Ya come solo.
Ya falta poco para echar a volar.

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